| Algo de adolescencia:
Yo, yo y mi ego
Mercedes Torres (Psicólogo)
Las actitudes adultas hacia los adolescentes
muestran una coincidencia notablemente pequeña.
Unos adultos contemplan a los adolescentes como
impulsivos y causantes de problemas. Otros los
ven como irresponsables, caprichosos y amantes
de la diversión en la mejor época
de la vida y otros tantos los consideran la esperanza
del futuro, la nueva generación que mejorará
a la sociedad. También es cierto que los
adultos vemos en la juventud no únicamente
lo que es en realidad, sino que es el espejo de
nuestros deseos, esperanzas satisfacciones, frustraciones,
miedos y desilusiones.
¿Cómo son en realidad los adolescentes?
– (Buena pregunta). Como toda buena pregunta
difícil de contestar, ya que hemos de distinguir
adolescentes más jóvenes de los
de mayor edad, entre chicos y chicas, entre adolescentes
de países industrializados y analfabetos…
entre adolescentes actuales y los de antes…
Aunque podamos enumerar algunas características
más generales:
La adolescencia comienza con la pubertad, la
madurez sexual fisiológica y termina con
el “status” social del adulto. En
las chicas el comienzo está marcado por
los cambios biológicos de la monarquía,
y en los chicos con la aparición del pelo
púbico, por lo general estos cambios tienen
lugar hacia los 13 años. Naturalmente asociados
a estos cambios hay otros como desarrollo de senos
y caderas, en las chicas y aumento de la musculatura
y cambios de voz en los chicos. También
cambian en la pubertad, las expectativas, las
conductas y las experiencias sociales.
Cuando un adolescente se ha vuelto económicamente
independiente y vive en un sitio propio, se le
considera por lo general más adulto. Es
difícil precisar una edad que marque el
fin de la adolescencia, porque algunas personas
asumen los “roles” de adultos a los
18 años, otros a los 25 ¡¡¡¡
Y otros parecen que nunca son adultos!!!!!!!
Algunos hablan de la adolescencia como un periodo
de “tormenta y tensión”. Los
cambios biológicos de la pubertad y las
nuevas expectaciones culturales en su conducta,
parece que empujan a algunos jóvenes a
sufrir oscilaciones entre gran actividad y letargo,
excitación y depresión, orgullo
y humildad, ternura y crueldad, curiosidad y apatía….Otros
autores no opinan lo anterior, sino que ven en
los jóvenes una necesidad apremiante de
expresar sin inhibiciones sus confusiones, no
encontrando excesos de patologías en la
adolescencia con respecto a la madurez.
Al comienzo de la adolescencia tiene lugar un
profundo cambio en el pensamiento, los adolescentes
jóvenes comienzan a razonar formalmente,
la inteligencia es abstracta, flexible y efectiva,
ahora emplea las operaciones formales de un adulto.
Lo típico es una crítica hacia los
padres y la sociedad, ya que en su lógica
abstracta pueden imaginar situaciones ideales
y las creencias y conductas de sus padres salen
dañadas al ser comparadas. Los adolescentes
pueden discutir sin cesar sobre detalles insignificantes
de errores cometidos por los padres, prejuicios.
Parece que esta actividad les agudiza las ideas
sobre la clase de personas que quieren ser y que
no quieren ser, y les da la oportunidad de probar
nuevas ideas en un ambiente seguro.
Los adolescentes son muy críticos con
ellos mismos, se avergüenzan y confunden
fácilmente, aparece una nueva clase de
“EGOCENTRISMO”. A menudo los pensamientos
se centran en ellos mismos y tienen tendencia
a creer que los pensamientos de otras personas
se centran de la misma manera. Un adolescente
está “representado” delante
de un auditorio imaginario y todos le miran a
él, cuando no le gusta lo que hace o como
se comporta, él cree que todo el mundo
es igual de crítico con él. Al madurar
los adolescentes ganan en perspectiva con respecto
a sí mismos y los demás y aparece
un descentramiento. Se dan cuenta de que los demás
no comparten necesariamente sus ideas y preferencias,
este punto de vista es muy importante para formar
relaciones mutuas, de otra manera cada uno de
los miembros proyecta sus sentimientos sobre el
otro y no se perciben las necesidades ajenas.
Quizás podamos valorar un síntoma
de buena madurez este no egocentrismo… ¡vivimos
otros en el mundo!
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